La conocí una tarde de esas en que el perfume del aire hace remitir a un estado de cosas atemporales, o quizá a algún momento del pasado que se prefiere no volver a traer a un plano presente. Allí estaba ella, tan sublime en su andar en bicicleta pero a la vez tan especialmente diseñada para atraer inconscientemente hasta al ser más frígido en esta vida. Supe desde el primer momento en que mis ojos se entrelazaron con su atmósfera que iba a ser especial. Y creeme que lo fue.
Debo confesar que siempre he sido por demás tímido, de esos que no saben qué responder cuando alguien intenta caer simpático, lo cual me impedía llegar al objeto de mi atención. Era mucho más fuerte que yo. Hasta que un día no pasó lo que era habitué o leit motiv. Silencio. Impulso. Movimiento e imagen. Contacto.
-Hola...
Siete años estuvimos casados y supimos hasta el día de nuestra sencilla fiesta de bodas (porque estaba de moda hacer sencillas fiestecitas con no más de diecisiete invitados) que ibamos a acabar mueriendo juntos, uno al lado del otro como el primer día.
Los primeros meses fueron los días más efímeros que jamás había vivido. Ese nuevo estilo de vivir impedían dirigir la atención a otra cosa que no sea para ella Yo ni para mí Ella. O al menos eso creía. Se aceleraban las agujas del reloj de manera utópica.
Entre nosotros no había secretos. Tampoco quedaban temas de conversación a causa de ello. Para mí no era un problema, pues me conformaba con tenerla a mi lado y poder visualizarla cada día, pero me temo que sí lo era para la otra parte. Empecé a sentirla distante, diferente y misteriosa, ensimismada hasta el punto de atenuar ese nosequé que me impulsó cuando andábamos en bicicleta. Su presión contra mi cuerpo ya no permitía que me sintiera seguro, anecesitado de lo material. Necesitaba más, no a alguien más sino más de sí. Y de pronto (no diré sorpresivamente pero sí de manera apresurada para ese momento de intimidad), confesión y reacción. Típico. Los llantos iban y venían pero la entendí. A quien no entendí fue a mí mismo, paradójicamente. Estaba permitiendo que ese estado de sensaciones del que tanto necesitaba para continuar se fuese con el viento, se esfumase como aire tibio en una casa donde los sueños se leen sólo en los cuentos para antes de ir a dormir. ¿Qué estás haciendo? ¿Qué te estás haciendo? Volvé que te necesito, no me dejes así. Vas a ver que algo nuevo vamos a encontrar, somos tan creativos...
Pero del otro lado se escuchaba hueco y la pared blanca, ciega, ya era impenetrable.
Abandono. Soledad. Tormento. Agua salada. Desasosiego. Desprendimiento. Locura y envidia. Orgullo. Acción.
Muerte.
Estabilización imaginaria.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
Triste posibilidad, la que ronda a los amantes cual cuervo, de evanescer su misma naturaleza. Siempre más triste para uno que para otro...Pero ya hablamos de las dos caras de hojas diferentes. Secuencia, ciclo... ¿vida? ¿Estaremos destinados a un sinfin de puñales y curaciones? Hablar de amor casi parece hablar del mismísimo objeto de la vida... de la razón de nuestro existir. Casi como una religión. ¿Será entonces la única religión universal esta? Será entonces, que de rodillas caigo ante ella...
Lindo post :)
Publicar un comentario